La angustia de la separación

14 octubre, 2012 10 Por Marilo

El otro día, mirando algunas entradas antiguas de mis blogs favoritos, me encontré esta excelente entrada del blog De Monitos y Risas. Me gustó mucho porque aunque ya me lo había leído en el libro de Carlos Gonzáles y, probablemente, también en su blog, me lo ha recordado y me ha venido bien para tenerlo presente. Lo transcribo literalmente, el original podéis leerlo aquí.

La angustia de la separación

Por Carlos González.

Las negritas son de De Monitos y Risas

La relación entre madre e hijo
es especial; y durante los primeros años la separación es dolorosa para
ambos. Bueno, no sé si la separación deja alguna vez de ser dolorosa
para la madre…

¿Por qué siempre
“madre e hijo”? No, no estoy olvidando el importante papel del padre, ni
mucho menos participando en una obscura conspiración para mantener a
las mujeres en sus casas. Para hablar con absoluta propiedad, cada niño
establece una relación especial con una “figura de apego primario”.
Esa figura puede ser el padre, o la abuela, o hasta la monjita del
orfanato. Pero en todo caso sólo es una, y casi siempre es la madre.
Como “figura de  apego primario” es largo y feo, en lo sucesivo diré simplemente “madre”.

A partir de su relación con la madre, el niño establecerá más adelante otras relaciones
con otras figuras de apego secundarias: padre, abuelos, hermanos,
amigos, maestros, novio, compañeros de trabajo, jefes, cónyuge, hijos…
Cuanto más sólida y segura es la relación con la madre, más sólidas y seguras serán las demás relaciones que el individuo establezca a lo largo de su vida.

Esta relación entre madre e hijo se mantiene por una serie de conductas de apego instintivas,
tanto en una como en otro. La conducta del recién nacido es
completamente instintiva, aunque con el tiempo va aprendiendo a
modificarla en el sentido que marcan las pautas sociales. La conducta de
la madre es en gran parte aprendida; pero por debajo siguen estando
unos sólidos instintos. No cuida usted a sus hijos porque se lo hayan
explicado en el curso de preparación al parto, ni porque se lo
inculcaran en el colegio, ni porque lo recomienden en revistas como
esta… hace millones de años, las mujeres (o lo que había antes) ya
cuidaban a sus hijos, y la prueba es que todavía estamos aquí. Ningún
niño puede sobrevivir si alguien no le cuida, protege y alimenta durante largos años, con infinita dedicación e infinita paciencia.

Habitualmente, las
creencias, costumbres y normas sociales van en el mismo sentido que el
instinto, y no hacen más que matizarlo o encauzarlo. Pero cuando las normas nos obligan a vivir en contra de nuestros instintos surge un conflicto.
Si alguna vez, en el cuidado de su hijo, se ha sorprendido a sí misma
pensando algo así como: “Se me parte el corazón, pero hay que hacerlo”, o
“Pobrecito, qué pena da, pero es por su bien”, probablemente es que
está usted luchando contra sus más íntimos deseos.

Los niños pequeños
no pueden consolarse con ese tipo de razonamientos. Sencillamente,
cuando su instinto va por un lado y el mundo por otro, se enfadan
muchísimo.

La reacción a la separación

Tanto la madre como el niño muestran, decíamos, una conducta de apego, una serie de actividades tendentes a mantener el contacto.
La conducta de apego de la madre consiste en acercarse a su hijo,
tomarlo en brazos, hablarle, hacerle carantoñas… La conducta de apego
del niño, al principio, consiste en llorar y protestar. Más adelante
podrá gatear o caminar hacia su madre. Funciona por el mismo mecanismo
que la conducta alimentaria: cuando necesitamos comida tenemos una
sensación desagradable, el hambre, que nos mueve a comer, y cuando
comemos esa sensación desaparece y nos encontramos bien. Pues cuando
madre e hijo se separan se sienten mal; el niño llora y la madre le
busca. Cuando vuelven a encontrarse desaparece aquel malestar; madre e
hijo se tranquilizan y dejan de llorar.

Cuando nuestras
felices antepasadas sentían la necesidad de acercarse a su hijo,
simplemente se acercaban. Probablemente sólo estaban separadas de sus
hijos de forma ocasional y accidental. Aún hoy, una gran parte de las
madres del mundo llevan a su hijo a la espalda durante todo el día, y
luego duermen a su lado durante toda la noche. Las madres occidentales, y
no sólo cuando trabajan fuera de casa, tienen muchas más oportunidades
para experimentar la ansiedad de la separación. En algunos ambientes, la
madre que pasa mucho rato con su hijo es criticada; se insiste en que
reserve tiempo para sí misma, para su marido, para actividades sociales
(en las que, por supuesto, llevar a un bebé sería de muy mal gusto). La
ansiedad de la madre que debe separarse de su hijo durante unas horas,
para ir al teatro o al restaurante, es un tema habitual de las telecomedias: los complejos preparativos, las inacabables instrucciones a la canguro, las llamadas telefónicas, el precipitado regreso…

La reacción del bebé, por su parte, no está en principio mediada por factores culturales.
El recién nacido se comporta igual ahora que hace un millón de años.
Pero los niños aprenden pronto, y adaptan su conducta a las respuestas
del entorno. Por ejemplo, un bebé al que sistemáticamente se ignora, al
que nadie coge en brazos cuando llora, acaba por no llorar. No es que se
esté acostumbrando, ni que haya aprendido a entretenerse solo, ni que
se le haya pasado el enfado; en realidad, se ha rendido, se ha dejado
llevar por la desesperación.

La intensidad de la respuesta a la separación depende de muchos factores:

1.- La edad del niño. Los menores de 3 años toleran mal las separaciones; los mayores de 5 años suelen tolerarlas bien.

2.- La duración
de la separación. Las separaciones prolongadas (varios días seguidos
sin ver a la madre) pueden producir un grave trastorno mental, el
hospitalismo (así llamado porque era frecuente en niños hospitalizados
cuando no se permitían las visitas), caracterizado por depresión y
desapego afectivo.

Basta con una
separación muy breve para desencadenar una conducta específica (“salgo
un minuto de la habitación y se pone a llorar como si le estuvieran
matando”). El método habitual en psicología para valorar la relación
madre hijo, alrededor del año de edad, es el llamado “test de la situación extraña”.
Consiste, básicamente, en que la madre salga de la habitación en la que
está con su hijo mientras éste está distraído, dejándolo en compañía de
una desconocida, permanezca fuera de la habitación tres minutos, y
vuelva a entrar. El niño con un apego seguro,
en cuanto nota la ausencia de la madre, la busca con la mirada, se
dirige hacia la puerta, con frecuencia llora. Cuando la madre vuelve a
entrar la saluda, se acerca a ella, se tranquiliza rápidamente y sigue
jugando. Los niños con un apego inseguro o ansioso se clasifican en dos grupos: elusivos o evitantes
(parecen tranquilos mientras la madre no está, y la ignoran
deliberadamente cuando vuelve, disimulando su propia ansiedad) y
resistentes o ambivalentes (se alteran cuando la madre no está, pero
cuando vuelve se muestran agresivos con ella y tardan mucho en volver a
la normalidad).

Mucha gente confunde
fatalmente los síntomas: llaman “caprichoso” o “enmadrado” al niño que
tiene una relación normal con su madre, mientras que elogian al que
muestra un apego ansioso elusivo: “se queda con cualquiera”, “no
molesta”, “se entretiene solo”…

Una separación de
sólo tres minutos ya tiene un efecto claro, y la respuesta depende de la
relación previa con la madre; de si el niño está acostumbrado a que le
atiendan y le hagan caso, o a que le ignoren, o a que le riñan.

Las separaciones más
largas y repetidas producen una reacción más intensa. Incluso los niños
con un apego seguro pueden mostrar conductas evitantes
o ambivalentes cuando la madre vuelve del trabajo. Pueden ignorarla,
negándole el saludo y la mirada; o bien colgarse de ella como una lapa y
exigir constante atención, o incluso mostrarse agresivos.

Es muy probable que
alternen las tres conductas en rápida sucesión. Es importante que los
padres comprendan y reconozcan que estas conductas son normales. No hay
que tomárselo como algo personal, su hijo no ha dejado de quererla ni
nada por el estilo. No está enfadado contra usted; está enfadado por su
ausencia. Enfadarse con él, devolver el desdén con desdén o la ira con
ira, intentar técnicas educativas para modificar la conducta del niño,
no es más que una pérdida de tiempo. Ya que puede estar pocas horas con
él, al menos dedique esas horas a prestarle atención y cariño, a
demostrarle que le sigue queriendo igual aunque él esté enfadado. Tómelo
en brazos, cómaselo a besos, juege con él, recarguen baterías antes de la próxima separación.

3.- La frecuencia
de las separaciones. Tras una primera experiencia, el niño parece
desconfiado, exige atención constante, como si vigilase a la madre
temiendo que se vuelva a ir, y puede reaccionar aún peor la próxima vez.

4.- La persona que sustituya
a la madre. Si es alguien a quien el niño conoce bien, que le presta
atención y le trata con cariño, como el padre o la abuela, el niño puede
soportar bastante bien unas horas de ausencia de la madre.

5.- La calidad de la relación previa
con la madre. Entre los menores de tres años, los que tienen una mejor
relación con la madre son los que más parecen sufrir con la separación;
en el otro extremo, los niños desatendidos hasta bordear el abandono
apenas reaccionan cuando su madre se va. Un observador muy superficial
puede pensar que el niño está “tranquilo”, o incluso “feliz”; en
realidad, lo que ocurre es que está tan mal que ya no puede estar peor;
no pierde nada cuando se va su madre, y por tanto no le importa. Por
desgracia, las madres escuchan a veces consejos como “no lo cojas en
brazos, no le des el pecho, no juegues tanto con él… si se acostumbra,
sufrirá más cuando tengas que volver a trabajar”. Pero así el
sufrimiento es mayor, y desde el primer día; lo único que disminuye es
la manifestación externa de ese sufrimiento. No, al contrario, dele a su hijo todo el cariño y todo el contacto físico que pueda, durante todo el tiempo que pueda. Que tenga el mejor comienzo.

Después de los tres
años, y sobre todo de los cinco, ese buen comienzo da frutos
manifiestos. Son entonces los niños que habían tenido una relación más
intensa con su madre, más brazos, más contacto, más juegos, los que
mejor se adaptan a
la separación. Porque el cariño ilimitado de los primeros años les ha
dado la confianza en sí mismos y en el mundo que necesitan para iniciar
el camino de la independencia. Ahora sí que están contentos en la
escuela, y es verdadera felicidad y no simple apatía, una felicidad basada en la seguridad de que su madre volverá y les seguirá queriendo.

La conducta de apego (el llanto y las protestas del niño separado de su madre) tiene un valor adaptativo.
Es decir, a lo largo de millones de años, ha tenido un efecto, mantener
juntos a la madre y a su hijo, efecto que ha favorecido la
supervivencia de los niños y por tanto de los genes que regulan dicha
conducta. Cuando la conducta de apego alcanza su efecto se refuerza; es
decir, se repite con mayor intensidad y frecuencia. Cuando no produce
efecto se debilita y puede llegar a extinguirse. El primer día que usted
vaya a trabajar, será probablemente la separación más larga de su hijo
desde que nació.

Hasta ahora, cuando
él se encontraba solo, lloraba, y alguien aparecía en pocos minutos y le
cogía en brazos; normalmente usted, a veces papá o abuela. Si el niño
no se consolaba en pocos minutos con otra persona, usted siempre acaba
por aparecer, tal vez tardaba media hora si había salido a comprar…
Pero hoy, haga lo que
haga su hijo, usted no volverá en ocho o diez horas. En el mejor de los
casos, si está con la abuela o con otra persona que le puede prestar
atención exclusiva, esa persona vendrá a consolarle en pocos minutos. Si
está en una guardería puede llorar durante mucho rato sin que nadie le
coja en brazos; la cuidadora tiene ocho niños y sólo dos brazos. Los
primeros días puede que su hijo llore bastante. Pero su llanto no tiene
la respuesta esperada; mamá no vuelve. El niño aprende que, en
determinadas circunstancias, llorar no sirve de nada, y poco a poco deja
de hacerlo. Pero eso no significa que la separación ya no le afecte;
las separaciones repetidas, recuerde, producen una angustia cada vez
mayor, que no se manifestará mientras la madre está ausente, sino
precisamente cuando la madre vuelve. Entonces las protestas del niño sí
que tienen (por fortuna) la respuesta esperada.

Dicho de otro modo:
el niño puede estar bastante tranquilo en la guardería, o con la abuela.
Puede estar incluso, si tiene suficiente edad, contento y activo,
jugando y riendo. Pero cuando vuelve a ver a su madre rompe a llorar, se
le echa encima, se pega a sus faldas, grita, le exige brazos, se enfada
con ella, le pega, vuelve a llorar… Lo que se suele llamar “ponerse muy
pesado”.

Como de costumbre,
algunas personas lo entienden todo al revés. Si en la guardería estuvo
jugando, es que no le pasa nada. Y si, no pasándole nada, luego se pone a
llorar, es que tiene cuento o hace teatro. Y si hace teatro
precisamente con su madre es porque ésta se deja tomar el pelo y no sabe
imponer disciplina, y él pretende hacer que se sienta mal, castigarla
por haberse ido.

¿Qué debería hacer
entonces el pobre niño para demostrar que sí que le pasa algo, que no es
comedia? ¿Pasarse seis, ocho o diez horas seguidas llorando en la
guardería? Por favor, nadie puede hacer eso, por grande que sea su
dolor. Imagínese que acude al funeral de un buen amigo. Seguro que pasa
un rato muy triste, y en algún momento busca el contacto de un amigo
común, se abrazan y lloran. Pero al cabo de unas horas estará tomando un
café, tal vez con ese mismo amigo común, y hablarán de cosas sin
importancia, y sonreirá, y esa misma noche cenará y verá la tele, y al
día siguiente irá a trabajar como si nada, y nadie en el trabajo sabrá
que viene usted de un funeral, y alguien contará un chiste, y usted se
reirá. ¿Significa eso que no le pasa nada, que su dolor no era sincero,
que sólo hacía comedia? Pero no hace falta recurrir a ejemplos tan
extremos, pues también la madre sufre cuando se separa de su hijo
pequeño. ¿Acaso no se le partió el corazón cuando lo dejó por la mañana?
¿No ha pensado varias veces en él, qué hará, cómo estará, habrá llorado
mucho? ¿No ha venido lo antes posible a recogerlo? Y, sin embargo, ¿no
ha pasado la mañana trabajando normalmente, disimulando su dolor,
hablando con la gente, sonriendo? Pues su hijo ha hecho lo mismo.

No es raro que el
niño llore más a medida que va creciendo. A los 5 meses estaba tranquilo
en la guardería, y tranquilo en casa. A los 14 meses llora cada mañana
porque no quiere ir, y pasa las tardes de muy mal humor. Por un lado,
como dijimos, la repetición de las separaciones aumenta la angustia.
Pero, sobre todo, el niño de 5 meses no puede sentarse, no puede hablar,
no puede gatear… sus posibilidades de expresar la angustia son menores, pero eso no significa que esté menos angustiado.

A
veces, este cambio es relativamente brusco. Un niño que parecía bien
adaptado a la guardería de pronto se resiste con uñas y dientes tras las
vacaciones de Navidad o de verano. Creo que en estos casos influyen dos
factores: por un lado, la relación con su madre ha mejorado mucho en
esas semanas; ha sido tan feliz en su compañía que ahora la pérdida
es más evidente. Por otro lado, los niños pequeños no comprenden muy
bien eso de las vacaciones. Simplemente, se había acostumbrado a aceptar
algo como inevitable, Mamá siempre se va a trabajar, y de pronto ve que
no es inevitable. “Si la semana pasada se quedó conmigo, ¿por qué no puede quedarse también esta semana?”.

Con quién dejaré a mi hijo

Si la madre tiene
que ausentarse, para ir a trabajar o simplemente para ir a comprar el
pan, alguien tendrá que substituirla (es muy peligroso dejar a un bebé o
a un niño pequeño solo en una casa, aunque sea poco rato). ¿Qué
características debería cumplir esa persona?

1.- Alguien que pueda dedicarle al niño tanto tiempo
como le dedica la madre. Por supuesto que la madre no le dedica cada
minuto de su tiempo: va al lavabo, habla por teléfono, prepara la
comida… Pero cuando el bebé está despierto, pasa mucho rato mirándole a
los ojos, diciéndole cosas, tocándole, cantándole… y también mucho rato
saludándole desde lejos, diciéndole alguna cosa al pasar para mantener
el contacto. Si el niño llora, la madre puede acudir en pocos minutos (a
veces, en pocos segundos), y dejar cualquier otra cosa para tenerlo en
brazos todo el tiempo que haga falta. La persona que la substituya,
¿tendrá tiempo material para hacer lo mismo?

2.- Alguien a quien el niño conozca.
El padre es ideal, y la abuela (o el abuelo, que cada vez están más
espabilados) u otros familiares también suelen serlo, si han tenido
suficiente contacto previo con su hijo. Pero los niños no sienten “la
llamada de la sangre”; si nunca ha visto a su abuela, es tan desconocida
como cualquier otra persona.

Muchas madres intentan acostumbrar a su hijo a los biberones una semanas
antes de volver al trabajo. Es un esfuerzo inútil, que suele conducir a
la frustración (¿por qué iba a aceptar un biberón, si está allí el
pecho de su madre?). No pierda el tiempo con eso; lo realmente
importante es acostumbrarlo a la persona
que le cuidará. Si va a ser la abuela, que venga o vayan a visitarla
casi cada día. Si va a contratar a una cuidadora que venga a casa,
contrátela con un par de semanas de antelación. Si va a llevarlo a la
guardería, vaya con su hijo las últimas semanas.
Vaya con su hijo
;
esa es la clave. No estamos hablando de dejarlo solo con la canguro o
en la guardería, y volver al cabo de una hora, y otro día al cabo de dos
horas… Eso tal vez sea un poco mejor que dejarlo ocho horas de golpe;
pero muy poco mejor. Lo que está haciendo en realidad es adelantar la
separación en dos semanas, y desperdiciando parte del precioso tiempo
que aún le queda para estar juntos.

No. Se trata de que
la canguro venga a casa y estén las dos con su hijo, o de que vaya usted
a la guardería y permanezca allí con él una o dos horas. Si su hijo
conoce a la nueva cuidadora, o el nuevo ambiente de la guardería,
precisamente cuando más angustiado está porque se ha separado de usted,
es probable que asocie esas sensaciones desagradables al nuevo lugar o a
las nuevas personas.

Vamos, que les
cogerá manía. En cambio, las personas y lugares a las que conoció en
momentos de felicidad (es decir, estando con usted) le traen recuerdos agradables
que le ayudan a soportar la separación. Y también se abre camino en su
cabecita una vaga idea de que “esta señora es amiga de Mamá, puedo
confiar en ella”.

Es posible que aún
queden guarderías en que no permitan la entrada de la madre. En mi
opinión, la negativa a que la madre entre en la clase en cualquier
momento que ella elija, y permanezca junto a su hijo durante todo el
tiempo que ella desee, sería motivo suficiente para empezar a buscar
otra guardería.

3.- Alguien estable.
No es bueno que un niño pequeño pase de mano en mano. Tanto las abuelas
como las guarderías suelen cumplir este requisito de estabilidad; pero
si contrata a una canguro, asegúrese de que realmente piensa dedicarse
durante años a cuidar de su hijo, y no está simplemente  buscando un
empleo de verano.

4.- Alguien en quien pueda confiar
plenamente. Que trate a su hijo con cariño y respeto, que jamás le haga
daño. Del padre, de los abuelos, de los tíos, usted ya sabe, por
experiencia de años, qué puede esperar. Pero dejar a su hijo en manos de
una desconocida requiere un acto de fe, y este es otro motivo por el
que conviene que no sólo su hijo, sino usted misma, conozca a esas
personas durante un par de semanas, y valore durante horas su conducta
hacia el bebé.

Por desgracia, de
vez en cuando se descubren casos de malos tratos o abusos sexuales. No
tenga miedo a parecer obsesiva o desconfiada; tiene usted todo el
derecho del mundo a desconfiar, a pedir referencias, a hablar largo y
tendido con esa persona y “examinarla” (“¿crees que es bueno cogerlos en
brazos?” “¿qué harás cuando llore?” “¿y si no quiere la papilla?”). Al
fin y al cabo, le está usted confiando su bien más preciado, su propio
hijo, y en el momento en que es más vulnerable. Si no se atreve a
dejarle a esa persona las llaves de su casa, las llaves de su coche o su
tarjeta de crédito, ¿cómo se atreve a dejarle a su hijo?

La persona que cuide a su hijo debe tener también la madurez y experiencia
necesarias. Una adolescente puede ser adecuada para hacer compañía a un
niño de seis años mientras usted va al cine; pero cuidar a un bebé no
es lo mismo.

Las opciones en la práctica

1.- Abuelos y otros familiares. Deben tener, por supuesto, ganas de encargarse de su hijo, y salud y fuerza suficiente para hacerlo. A veces vemos
abuelas auténticamente explotadas, la palabra es dura pero real. En el
otro extremo, algunas madres podrían dejar a su hijo con un familiar
deseoso de cuidarlo, pero no se atreven por temor a parecer
“aprovechadas”. En algunos casos, una forma de superar esta situación es
pagar por el cuidado de su hijo, como pagaría si lo llevase a la
guardería. Así puede obtener una buena atención para su hijo sin sentir
que se aprovecha, y al mismo tiempo puede ayudar económicamente a unos
abuelos con una pensión escasa o a una hermana en paro sin ofenderles.

2.- Alguien que venga a casa
a cuidar a su hijo. Puede ser una amiga o conocida que necesite un
trabajo. Para buscar a una profesional, una buena opción es a través de
una guardería. Allí van las estudiantes de puericultura a hacer
prácticas, y pueden recomendarle a alguna.

3.- Llevar a su hijo a casa de otra persona.
En ocasiones, tres o cuatro amigas con niños de edades similares se
ponen de acuerdo, una cuida a todos los niños mientras las otras
trabajan, y comparten sus ganancias. En algunos países, los gobiernos
facilitan y subvencionan estos arreglos. En España, algunos
ayuntamientos, como el de Sant Feliu de Guixols, promueven un servicio de cuidadoras de niños, haciendo cursos de formación y dando a las cuidadoras un diploma.

4.- Llevar a su hijo a una guardería.
En el momento actual, esta suele ser la opción menos recomendable, pues
por desgracia la legislación española permite ocho niños menores de un
año por cuidadora, y muchos más después del año, lo que es absolutamente
incompatible con una atención adecuada. Incluso una persona cariñosa,
experimentada y dedicada no tendrá tiempo material para cuidar a ocho
bebés. Sólo en darles de comer y cambiar pañales se le pasará casi todo
el tiempo. En Estados Unidos, la ley sólo permite cuatro niños por
cuidadora, y muchos expertos consideran que eso es excesivo y que
debería reducirse a tres.

El problema, por supuesto, es económico. Las guarderías no se inventaron para satisfacer una necesidad de los niños, sino una necesidad del sistema capitalista,
que necesita el trabajo de los padres para mantener niveles de
producción y consumo adecuados, y por tanto algo hay que hacer con los
niños. En Bielorrusia, donde las madres disfrutan de una licencia de
maternidad de tres años (recuerdo del sistema comunista), no hay
guarderías. ¿Quién iba a querer instalar una?

Por lo tanto, el
razonamiento no ha sido: “los niños necesitan tanto espacio, tantas
cuidadoras, tantos materiales… todo esto cuesta tanto dinero, vamos a
ver de dónde lo sacamos”, sino al revés: “disponemos de tanto dinero,
vamos a ver para qué nos llega”. Y la cantidad de dinero disponible es
sólo, por definición, una pequeña parte de lo que gana la madre, porque
si no no le saldría a cuenta ir a trabajar. Y
en nuestra sociedad las madres suelen ganar menos que los padres. Así
que sólo llega para grupos sobrecargados a cargo de cuidadoras mal
pagadas (las puericultoras de la guardería deberían ganar más que los
profesores de universidad, puesto que están haciendo un trabajo más
difícil, más delicado y más importante).

Esta aberración se
extiende por toda la sociedad, contribuyendo a desprestigiar el cuidado
de los niños: La hora de faenas domésticas se paga mejor que la hora de
cuidado de niños (¿qué es más importante, que le dejen el suelo bien
limpio o que atiendan bien a su hijo de un año?). La madre que toma la
costosa (pues no cobra) decisión de dedicarse plenamente a cuidar a sus
hijos durante meses o años no es más que una “maruja”,
y muchos en su entorno se asombran o se compadecen de ella porque “no
hace nada” o “renuncia a su carrera”. En cambio, la que trabaja fuera de
casa “se realiza”, sea cual sea ese trabajo: escribir a máquina durante
horas, meter sardinas en una lata o incluso cuidar a ocho bebés en una
guardería.

Si necesita llevar a
su hijo a una guardería, visite varias y compruebe cuántos niños hay en
cada una, cómo les tratan, el carácter y la simpatía de las señoritas,
si dejan entrar a la madre… Si trabaja lejos de casa, si tiene que pasar
cada día una hora en el tren o el autobús, le conviene una guardería
cercana a su lugar de trabajo: así puede estar una hora más con su hijo
al ir, y otra al volver, y tal vez incluso visitarle a la hora del
bocadillo.

Cómo recuperar lo perdido

Ofrézcale a su hijo todo el cariño, el contacto físico y la atención
que pueda durante todo el tiempo que pueda, por las tardes y en los
fines de semana. Acepte su conducta como normal, reconozca que sus
llantos, protestas y exigencias no son “caprichos” ni indicios de malcriamiento, sino pruebas de amor.

Muchos bebés parecen iniciar espontánemente
un programa de “reducción de daños”. Mientras su madre no está, se
pasan casi todo el rato durmiendo y no comen nada o casi nada, ni
siquiera aceptan la leche que su madre se sacó y les dejó en la nevera.
Luego pasan la tarde y la noche en danza y enganchados a la teta.
Es agotador, pero al mismo tiempo un gran consuelo para la madre, que
piensa “es como si no me hubiera ido, no me echó de menos porque estaba
durmiendo”. Muchas madres que trabajan deciden meterse al niño en la
cama por la noche; es la manera más fácil de satisfacer las necesidades
de pecho y contacto de su hijo, y al mismo tiempo dormir lo suficiente
para poder mantener la cordura. Recuerde, el meollo de la conducta de apego, lo que su hijo instintivamente necesita, es su presencia.
Incluso una madre dormida le sirve, al menos por la noche. Ya ha tenido
la tarde para mirarle a los ojos, hablarle, jugar con él… ahora puede
dormir tranquila, que su hijo ya se tranquilizará solito cuando se
despierte y la vea a su lado.

Bibliografía:

Bowlby J., Child Care and the Growth of Love. 2ª ed. Penguin Books, London, 1990

Small MF. Nuestros hijos y nosotros, Javier Vergara editor, Barcelona 2000

Jackson D.Three in a bed, the benefits of sleeping with your baby. Publishing, London, 1999