Laura Gutman: El mundo desde el punto de vista del niño

27 septiembre, 2012 20 Por Marilo

Es un artículo de la newsletter de Laura Gutman de Noviembre de 2009. Me ha removido tanto que quiero compartirlo con vosotr@s.


El mundo desde el punto de vista del niño

La
evolución desde la dependencia física y emocional absoluta hacia una
independencia relativa, es un tránsito muy prolongado….de casi veinte
años. El camino que tenemos por delante es enorme. Y eso, todos los
niños lo sabemos. También sabemos que necesitamos la asistencia de un
adulto para que medie entre el mundo y nosotros.

Por ejemplo, si
aún no tenemos capacidad para caminar, alguien nos tiene que prestar sus
piernas. Eso significa que esperamos estar siempre, siempre, siempre,
en brazos de alguien que camine. Y cuando logramos la marcha….que es
un éxito significativo, de todas maneras continuamos necesitando caminar
con las piernas de otro. Y mientras no contemos con el lenguaje verbal,
esperamos que alguien nombre nuestras sensaciones, nuestra hambre,
nuestro dolor de panza. Hasta que alguna vez nosotros mismos podamos
nombrar cada cosa.

Sin embargo, con frecuencia, no encontramos
piernas que caminen nuestro andar, ni brazos que nos otorguen
movimiento, ni palabras que canten nuestras canciones. Lo más grave no
es el desencanto, sino el peligro en el que efectivamente estamos.
Librados a los depredadores, lloramos con desesperación. Pero en lugar
de ser comprendidos, llamativamente, somos desestimados. Algo que
ninguna otra especie de mamíferos haría: desestimar el llamado de la
cría. En estos casos, cambiamos las estrategias del llamado: probamos
enfermando. Lamentablemente obtenemos respuestas sobre la enfermedad,
pero no en relación a nuestro ser interior. En ese punto, los niños ya
no sabemos cómo explicar que necesitamos desesperadamente la presencia y
la mediación de un adulto autónomo. También probamos adaptándonos.
Es decir, inventamos que  no necesitamos eso que necesitamos. Que
hayamos sobrevivido disminuyendo las demandas, significa que hemos relegado a algún lugar sombrío las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Pero éstas no desaparecen.
Sólo desaparecen para la conciencia.  Cuando cumplimos tres años, ya
comprendemos fehacientemente que no podemos llorar como un bebé recién
nacido, a los seis años mucho menos. Aprendemos a pedir sólo aquello que
los adultos están dispuestos a escuchar.  Así nos alejamos de nuestras
almas en pena. En ese mismo instante, hemos perdido para siempre la
sabiduría de la infancia.

Laura Gutman